jueves, 20 de septiembre de 2012

Berlín: turismo e historia (II)

Visitar Berlín es asistir a un seminario de filosofía de la historia al aire libre. La Historia (con mayúsculas o sin ellas) como reflexión, como conmemoración,  como conciencia, como justificación; la Historia como utopía, como tradición, como invención. La historia de los historiadores y de los historiados. La historia desde arriba y desde abajo. Todo el despliegue de funciones sociales de la historia, desde el corazón mismo de la historiografía académica.  Lo que nunca pudo imaginar Ranke ni ninguno de los padres fundadores de esa historiografía era el uso social que se ha ido imponiendo en los últimos tiempos y del que Berlín se ha convertido en paradigma: la historia como espectáculo popular, como atracción de feria.

No deja de ser sarcástico que el mejor ejemplo del show sea uno de los episodios más dramáticos de la historia alemana, herida todavía en carne viva para muchos berlineses de cierta edad: la división de Berlín. Que la capital alemana se haya convertido en un gran parque temático sobre la Europa de los bloques y la Guerra fría contrasta no solo con las vivencias de las víctimas del régimen comunista y de las familas separadas por el Muro, sino con la versión institucional de aquellos hechos.

Museo de la RDA: vivir el comunismo
Interior del Museo: móntese en un Trabi 










La memoria histórica de la Alemania reunificada se basa precisamente en la conmemoración permanente del sufrimiento causado por los ocupantes soviéticos y sus acólitos de la D.D.R. Los sacrificios de los ciudadanos de la R.F.A. en los años del cambio de siglo -que se han llevado por delante una parte del Estado del bienestar alemán tan orgullosamente exhibido en el mundo- se justificaron precisamente por solidaridad con los pobres ossies y su triste destino histórico. Desde el punto de vista político, la empresa ha sido un éxito y, al menos en Berlín, el Este exhibe hoy una radiante superficie como resultado  de las costosísimas operaciones de cirujía estética a las que ha sido sometido, aunque esa condición berlinesa de palimpsesto histórico que comentábamos en el post anterior hace que, en todo momento y lugar, el visitante un poco observador descubra pronto el esqueleto urbanístico que delata si nos encontramos a uno u otro lado del Muro.

Restos del Muro en la West Side Gallery
En cualquier caso, la transformación política y económica convive con el espectáculo. Puestos fronterizos guardados por soldados de pacotilla que estampan falsos visados en los pasaportes de los turistas, vendedores ambulantes con toda la quincalla comunista de medallas, banderas y gorros del ejército soviético, lienzos del Muro pintarrajeados por grafiteros ante los que se fotografía la inevitable cola de japoneses.

Cruces conmemorativas de las víctimas del Muro
Figurantes frente a la Puerta de Brandemburgo

La Puerta de Brandemburgo es el mejor ejemplo de esta cruel ironía. En el lado occidental (¡!), a la entrada del Tiergarten, las cruces dedicadas a las víctimas del Muro, la última de ellas solo unos meses antes  de su desaparición. En el lado oriental (¡!) los figurantes de soldado ossie y soldado wessie ofreciéndose para la foto.






Al final, uno apenas se sorprende de que la rimbombante Exposición al Aire libre sobre el Check point Charlie y la Gastronomía resulte ser una serie de puestos ambulantes de frutas, refrescos y hamburguesas adornados con fotos de la antigua frontera. Fotos murales, naturalmente.

Exposición al aire libre del Check point Charlie

viernes, 7 de septiembre de 2012

Berlín: turismo e historia (I)

Dice el tópico que Berlín es una ciudad para historiadores. Y es cierto. Lo es en un sentido mucho más profundo que la mayoría de las ciudades “llenas de historia”. Paseando por Roma, uno tiene la sensación de que la presencia de la historia es similar a la presencia de la naturaleza en un parque zoológico: se entra en recintos que permiten hacer un fascinante viaje en el tiempo, se puede incluso pasear por el corazón de la capital del Imperio, pero para hacerlo hay que abandonar la Roma actual y las ruinas –por mucho encanto romántico que desprendan- “viven” atrapadas en un espacio intemporal y fuera de su “hábitat” histórico.

En Berlín las vivencias son muy diferentes. La ciudad es un gran palimpsesto donde todos los empeños por enterrar el pasado no han hecho sino crear un fascinante diálogo en el tiempo, que eso es al fin y al cabo en lo que consiste la Historia. La esencia misma de Berlín es esa voluntad permanente de reconstrucción, de invención, en el antiguo sentido latino del término. Quien prepara un viaje a Berlín suele escuchar y leer opiniones de turistas decepcionados por las obras, los andamios, los monumentos cerrados por reformas, los paisajes inesperadamente alterados. Esas voces desaniman a más de uno, que puede optar entre emprender la aventura con el ánimo encogido o decidir un cambio de destino de última hora. Lo cierto es que ese tipo de comentarios pasan por alto que esa es la esencia misma de Berlín y que ha sido así desde que la ciudad empezó a hacerse un hueco entre las grandes capitales del mundo, hace ya unos trescientos años.

Ciertamente, a menudo esa voluntad de invención da lugar a resultados cómicos, como el que muestra las siguientes imágenes.


 Schlossplatz, con la Berliner Dom a la izquierda, el Humboldt Box a la derecha y la Fernsehturm al fondo.

 Entrada del Humboldt Box


El inmenso solar del Berliner Schloss situado frente a la catedral se ha convertido, desde la reunificación, en una permanente exposición de instalaciones provisionales sobre las diferentes y sucesivas versiones de lo que será la reconstrucción del gran palacio destruido durante la Segunda Guerra Mundial y finalmente demolido por las autoridades de Berlín oriental, una reconstrucción cuyo faraónico coste la hace en la actualidad aun más lejana en el tiempo. Entretanto, la última propuesta –con fecha de caducidad- es el Humboldt Box, una caja futurista aborrecida por los berlineses más tradicionales que cuenta al visitante lo que será el Palacio, sí, pero que evidencia su problemática relación con el pasado invitándonos a un viaje ¡por toda la Humanidad! con un confuso mensaje de corte antropológico amparado en la figura del gran explorador que da nombre al sitio.

 Vista del Palacio de Berlín, "ya" terminado


Les dejo, para terminar por hoy, con otro de esos recuerdos que me dibujan una sonrisa cada vez que repaso mi reciente visita a la capital alemana. El edificio en cuestión, en el que se afanan los obreros a todas horas, está situado junto al Museo del Cine y en frente del Museo de Historia, no lejos de la Caja de Humboldt. Fue imposible averiguar cuál será su destino cuando esté terminado; nadie en Berlín parece saberlo con certeza. Las columnas clásicas todavía envueltas son, para muchos espectadores, el colmo del kitsch en que habría caído la ciudad en los últimos tiempos. A mí me parecen una graciosa ilustración de las grandezas y miserias de la Historia y del estrecho umbral que las separa. También eso es Berlín.



miércoles, 11 de julio de 2012

Argumentario sobre la crisis (III)

EL ARGUMENTO DE TERTULIANO

"Credo quia absurdum est" (creo porque es absurdo): una sentencia atribuida a Tertuliano que la crisis ha puesto de rabiosa actualidad. Aun a riesgo de suscitar una lectura política que este blog no busca, la mejor manera de ilustrar esta peculiar deriva filosófica es acudir al argumentario del actual gobierno de España para justificar buena parte de las medidas adoptadas a lo largo de este año, que tan abiertamente contradicen el discurso del Partido Popular en la anterior legislatura y, lo que es más grave, su contrato con la sociedad en las elecciones de noviembre de 2011.

Abaratamiento del despido, ayudas a la banca, recortes en educación, copago… Los ejemplos se podrían multiplicar. El más llamativo, quizás, por ser la primera decisión de un consejo de ministros presidido por Mariano Rajoy y por suponer una mutación en el ADN de su partido (como dirían algunos de sus cursis corifeos periodísticos) es el aumento de la presión fiscal y, más concretamente, del IRPF. La radical contradicción entre lo dicho antes y después de las elecciones es obvia; circulan tantos vídeos en Internet sobre el asunto que basta con alguna muestra para que cualquiera reconstruya una interminable cadena.


Vaya por delante que comprendo la subida de impuestos y que aplaudo la valentía del gobierno a la hora de decidir un recargo en el IRPF. Repito que no me interesa aquí la dimensión política del debate: eso nos llevaría también a analizar algunas de las sorprendentes críticas a la medida que se han escuchado en determinados medios y organizaciones que, por coherencia ideológica, deberían haberla apoyado. A lo que iba es a la resurrección del argumento de Tertuliano. En el vídeo insertado se ha escuchado repetidamente la expresión “nos vemos obligados” para subrayar la incomodidad y provisionalidad de la subida de impuestos. Pero ¿por qué se han visto obligados?

El ministro Montoro explicó en su día que la razón era “el agujero”, el déficit público: el déficit generado durante la anterior legislatura, sobradamente conocido, y el insuficiente ritmo de reducción del mismo, supuesto objeto de ocultamientos y falsedades durante el traspaso de poderes. Bien. El razonamiento caló en una parte de la opinión pública y, lo que es más llamativo, convenció especialmente a muchos votantes del Partido Popular. Sin embargo, aceptar el argumento es un ejercicio paradigmático del "credo, quia absurdum est". Si se trata de reducir el déficit, recaudando más porque la situación es crítica ¿por qué no se han bajado los impuestos y antes que todos el IRPF? Ese ha sido el núcleo del pensamiento económico del Partido Popular en los últimos años. La idea se ha repetido hasta la saciedad, desde el think tank de la Fundación FAES hasta su a menudo burda divulgación por personajes como Esteban González Pons o María Dolores de Cospedal. Es la aplicación de la dichosa curva de Laffer, según la cual bajar los tipos fiscales en España incrementaría la recaudación y aumentarlos la contraería. ¿Creían en esa curva todos los que redactaron y defendieron el programa del Partido Popular en las últimas elecciones? ¿Se dieron cuenta de su error durante la primera semana de gobierno o decidieron subir el IRPF a sabiendas de que ello reduciría los ingresos y ensancharía el famoso agujero? Como ninguna de las dos posibilidades ha sido admitida por nadie, ni gobernantes ni ciudadanos, solo queda una vía para sostener el razonamiento: el argumento de Tertuliano.

domingo, 3 de junio de 2012

Argumentario sobre la crisis (II)

Tengo amigos en el mundo de la banca a los que un día de estos dedicaré alguna entrada un poco más amable; al fin y al cabo ellos también están pasando un mal trago y a menudo sufren ataques bastante injustos cuando han sido los primeros paganos de las decisiones de los truhanes. Sin embargo, hoy no puedo evitar sonreir cuando les escucho aquello de que la culpa de todo esto es  a) de los políticos o b) de los "tiburones financieros" que, en ambos casos, habrían olvidado los sanos principios de la banca de toda la vida. Mis amigos bancarios, como mis amigos profesores, ya van teniendo unos años y quizás eso explique la música de su discurso sobre los buenos días perdidos. A mí me pasa que, aparte de viejo, soy historiador y me suena la canción: es el eterno mito...

EL ARGUMENTO DE LA EDAD DE ORO

Como, insisto, no quiero hacer sangre, prefiero dejar el razonamiento sin analizar. Al fin y al cabo el propósito de estas páginas es hacer desfilar la más rabiosa actualidad, las últimas variantes de la estupidez y de la desvergüenza que ha parido la recesión económica. No obstante, mis buenos amigos deberían pararse a pensar alguna vez en aquellos sanos principios de las finanzas. A mí, al menos, me los enseñaron cuando era mucho, mucho más joven.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Argumentario sobre la crisis (I)


Después de casi un año de abducción en el despacho de la jefatura de estudios de mi instituto, he hecho el propósito de retomar este blog, alternando las entradas sobre los asuntos verdaderamente transcendentales, como la música, con los menuceles de la actualidad, tratados con cierto humor. Alguno podrá pensar que es fácil tomarse a guasa la amenaza de bancarrota del país desde el blindaje de una plaza de funcionario; si la situación de quien así piensa es apurada, de nada servirá mencionar las penurias por las que estamos pasando, por ejemplo, los docentes que, dejando al margen a los miles de interinos que se están quedando sin empleo, parecerán poca cosa ante las tribulaciones de los ciudadanos sometidos a la intemperie de los mercados. A los que se puedan sentir molestos, mis disculpas por anticipado.

Comenzamos con la primera parte de una serie de reflexiones sobre un aspecto que me parece poco contemplado en la crisis que vivimos: los devastadores efectos sobre el discurso racional. Analizando el argumentario de quienes tratan de explicarla o incluso justificarla, he llegado a la conclusión de que los discursos más elaborados o abstrusos responden con frecuencia a una serie de patrones bastante simples caracterizados sobre todo por su insensatez. Compartiré con ustedes mis análisis con la sincera esperanza de que alguien me saque del error, porque sería un alivio descubrir que la clase dirigente que debería liderar estos tiempos tan convulsos no está poblada de majaderos. El capítulo de hoy es uno de los más desoladores: lo denomino

EL ARGUMENTO DE CHRISTIAN

Llamaré Christian a uno cualquiera de esos chavales que asoman por jefatura de estudios a diario después de alguna pifia. En otros tiempos el personaje se habría llamado Jaimito. Hoy, no sé por qué, suele ser Christian o Jonathan, al menos en el caso de los indígenas de pata negra, porque los Rachid o los Héctor Armando han asimilado el personaje con sorprendente capacidad de integración. El caso es que Christian, Rachid o Héctor Armando, por su parte, y mi compañera de despacho y yo, por la otra, repetimos una y otra vez el mismo episodio en el que se oyen las mismas frases que, quién lo iba a decir, se han convertido en Leitmotiv del argumentario que me ha dado por estudiar. Si no me creen, lean con detenimiento este texto


                              José Luis Olivas, expresidente de Bancaja y Banco de Valencia

No pretendo personalizar, aunque mi condición de accionista de Bankia tal vez me predisponga un poco contra el personaje. De todas formas, podría haber escogido el discurso del señor Hernández Moltó, cuando se despidió a lo grande de Caja Castilla-La Mancha, o el de la señora Amorós, multimillonaria ex directora general de la CAM. Estoy convencido de que el mensaje no variará entre los directivos del Banco Popular, que probablemente sea la próxima pieza en caer, y que lo suscribirían los gerifaltes de las grandes entidades que hoy mantienen la ficción de solvencia y solidez del sistema financiero español. Pero veamos si las frases del banquero de turno y la comparecencia de Christian ante los jefes de estudios tienen un aire de familia o es que mi mente derrapa. Para facilitar la lectura y el análisis, las coloco en una tabla y ustedes juzgan.

Christian en Jefatura

Olivas en su despedida de Bancaja
- Oye, Christian, ¿por qué estás aquí?

- No sé (se encoge de hombros)
Olivas, que ha dicho que presenta su dimisión de los cargos que hasta este momento ostentaba como presidente de Bancaja y, por tanto de la Fundación Bancaja, ha afirmado que (...) "han ocurrido cosas difíciles de explicar y de entender en este momento".
- Pues por algo te habrá mandado aquí el profesor.

- Eeeh, que yo no he hecho nada (pose de dignidad escandalizada).
"no he tenido más objetivo que servir con la mayor lealtad, dedicación y desinterés personal, pensando siempre que al hacerlo estaba también, de alguna forma, sirviendo a los intereses de la Comunitat Valenciana".

- Mira el parte de amonestación que tengo aquí (un folio con una minuciosa descripción de desmanes).

- ¡Pero si hacía lo mismo toda la clase!

Olivas se ha referido a "una nueva realidad histórica y económica" que ha desembocado en "el mayor proceso de reordenación del sistema financiero de nuestra historia, especialmente en el sector de las Cajas de Ahorros".
Según el expresidente, Bancaja no ha quedado al margen de todo este proceso sectorial y ha indicado que el mapa de cajas en España ha quedado reducido, aunque ha hecho hincapié en que al "final quedarán reducidas a menos de media docena".
(En realidad, el argumento vale para todo: la exposición al ladrillo, los productos financieros de alto riesgo, la intervención política en la gestión… toda la clase estaba haciendo lo mismo).
- Christian, estoy hablando contigo.

- ¡ Pero si empezó Jonathan!
Ha repasado la historia del proceso hasta llegar a Bankia y ha indicado que en mayo de 2010 se "invitó" a Bancaja a participar en la constitución de un Sistema Institucional de Protección -SIP- (fórmula para la fusión de cajas) con Caja Madrid y otras cinco Cajas de Ahorros más, "constituyendo así la primera entidad financiera por activos en España".
- Eso no es lo que dice el profesor.

- ¡Llame a Rubén (un coleguita), que lo vio todo!
Ha explicado que para realizar la valoración de cada una de las entidades, "se contrató a la firma Deloitte, que era la entidad que auditaba a Bancaja y a Caja Madrid desde hacía varios años".
"Se utilizó toda la información disponible, incluyendo las auditorías y las inspecciones del Banco de España, incluso las que estaban abiertas en ese momento y que se cerraron durante el proceso. Una vez obtenida la valoración relativa, se llevó a cabo el proceso de revisión "due dilligence" (auditoría de compra)", ha recalcado.
Ha destacado también que, a continuación, se encargó a Analistas Financieros Internacionales (AFI) que determinara las cuotas de participación de cada Caja a partir de las valoraciones realizadas.

- No quiero saber lo que dice Rubén, estamos todos los días con lo mismo y ya es hora de que asumas las consecuencias. Te vas a quedar sin la excursión de fin de curso.

- (Inquieto y acorralado) ¡No, jefe, por favor! ¡Este mes me he portado mal, pero la cosa va a cambiar!

Olivas ha afirmado que "desgraciadamente" la situación económica y financiera está siendo para todo el sector más negativa y complicada de la que se preveía en 2010".
- Ya… ¿Y hasta que cambie, la clase patas arriba?

- Pero es que… ¡la culpa es del profe! ¡Con Don Severiano nos portábamos mejor! (Don Severiano era conocido el curso pasado entre la pandilla de Christian como “el hijoputa”).  

(...) ha hecho referencia a que cada vez son mayores "las exigencias del Gobierno y del Banco de España en cuanto al nivel de dotaciones y saneamientos a realizar".
El expresidente de Bancaja ha hecho alusión a los "frecuentes cambios regulatorios", que son "cada vez más exigentes con el sector".
(Aquí los argumentos pueden variar: los reguladores pueden haber sido demasiado intervencionistas o demasiado laxos en sus controles, pero siempre serán los últimos responsables de la situación).

- En este plan, no quiero oír una palabra más. Tú sabrás si quieres sacar alguna lección de esto. Vete a clase pitando.

- ¡Me tenéis manía! ¡TODOS! ¡Se lo voy a contar a mi padre!
También ha hecho referencia a la "incomprensión que han generado algunas de las decisiones que hemos tenido que tomar, especialmente en estos dos últimos años".
Olivas ha agradecido "el apoyo recibido por el president de la Generalitat Valenciana", Alberto Fabra, "para defender los intereses de Bancaja y del Banco de Valencia".





viernes, 6 de mayo de 2011

Ópera: Capriccio en el MET


La penúltima retransmisión de la temporada del MET en cines nos acercó a una obra, si no desconocida, al menos fuera del repertorio más trillado: Capriccio, estrenada por Richard Strauss en 1941.

El libretto es, sin duda, original, aunque no tanto en la trayectoria del compositor bávaro. Una metahistoria que tiene como excusa argumental la celebración del cumpleaños de una condesa a cuyo mecenazgo se acogen diferentes personajes relacionados con el mundo de la ópera, que debaten sobre el mejor modo de agasajarla y, en el caso de dos de ellos, de llevársela de paso al huerto. La anécdota sostiene, de entrada, un ensayo sobre la importancia de los diferentes aspectos implicados en la creación operística -fundamentalmente la música y la palabra-, pero acaba ampliándose hasta reflexionar sobra la propia historia de la ópera.

He escrito ensayo, pero en realidad Capriccio es más bien un apunte de las memorias de Richard Strauss, memorias del desconcierto en lo que sería su última producción para la escena, en un momento en que el otrora Gran Mogol de la música alemana se encontraba sumido en las dudas existenciales y creativas. Basada en una pieza dieciochesca adaptada por Clemens Krauss, la obra sirve de vehículo para que Strauss -a través del personaje de Madeleine- acabe admitiendo que la mejor manera de enfrentarse a las contradictorias solicitaciones a las que estaba sometido en esas fechas tan críticas es, precisamente, darles cauce musical: una notable lección de honestidad de un artista al que tan injustamente se ha tachado de deshonesto.



La función del MET está pensada a la mayor gloria de la superstar Renée Fleming, excelente soprano muy segura en repertorio straussiano (su versión del número final de esta misma obra fue el plato fuerte de la gala inaugural de la temporada 2008-2009 del Metropolitan), pero que últimamente, como es cada día más frecuente, se había empeñado en incursiones muy poco apropiadas para sus cualidades físicas y técnicas. De la Fleming se pueden criticar muchas cosas, sobre todo su empalagosa presencia escénica -que, por ejemplo, lastra la maravillosa introducción instrumental del número antes mencionado-, pero difícilmente se puede ser reticente ante su actuación vocal como Madeleine. La norteamericana entiende bien el carácter conversacional de la mayor parte de la pieza, cantando con expresividad pero sin subrayados, siempre a flor de labio, lejos del carácter forzado y a veces histriónico de alguno de sus compañeros. Y, cuando se queda a solas, cuando realmente debe dejar salir su yo más íntimo, lo hace con un despliegue de recursos apabullante, pleno de lirismo pero con fuerza y sin amaneramientos, en ese difícil equilibrio que hace tan complicado el papel para una soprano puramente lírica. El recuerdo de la gran Elisabeth Schwarzkopf, insuperable en este tipo vocalidad, acude inevitablemente a la mente.




Los demás miembros del elenco quedan en un discreto segundo plano y ninguno de ellos comete desmanes, aunque la voz del barítono danés Morten Frank Larsen suene endemoniadamente entubada en muchos momentos y la delgadez de la del tenor Joseph Kaiser (el Tamino de La flauta de Branagh) amenace con romperse en las partes más comprometidas. Peter Rose, aun con trazo grueso y algún recurso no muy ortodoxo, resulta brillante en su ambiguo papel como el empresario La Roche. De los dos pretendientes de la condesa, en fin, Kaiser llega a ser seductoramente efusivo como el compositor Flamand, a pesar de las dificultades antes mencionadas, mientras que la afectada sobreactuación de Russel Braun, el poeta Olivier, lastra una voz bastante solvente. La mezzo Sarah Connelly cumple el expediente.

Andrew Davis es un solvente director que conduce con buen pulso la orquesta del Metropolitan, habitualmente cumplidora con la música de Strauss, incluso bajo la batuta del tantas veces criticado Levine. Otra cosa es que Davis llegue a transmitir toda la intensidad de la partitura en la ya comentada escena final, o que evite cierta sensación de confusión en el complicadísimo concertante que sigue al aria de La Roche. La escucha de la versión de Karl Böhm al frente de la Orquesta de la Radiodifusión Bávara.

Por último, hay que hablar de la puesta en escena de John Cox, bastante conservadora, como es habitual en el teatro neoyorkino, pero más irritante para quien esto escribe que cualquiera de esas propuestas que al menos tienen la virtud de encender ánimos. Con unos decorados y unos vestuarios que parecen diseñados para -e incluso por- la glamourosa Fleming, la propuesta de Cox traslada la acción de época, para variar, y lo hace a los años veinte: convierte así en incomprensible la mayor parte de las alusiones musicales y culturales de la obra, que tienen sentido en el París de 1770 , bajo los efectos de los cambios introducidos en la producción lírica por Gluck. Naturalmente, los responsables de la función no tienen valor para llevar los hechos a la época de la Segunda Guerra Mundial, que sería lo procedente en caso de  querer poner la obra en el contexto en que fue escrita, como he leído en algún lado. Para más inri, Cox parece muy preocupado por subrayar los aspectos más caricaturescos de la ópera, como las escenas de ballet o la intervención del dúo de músicos italianos: no parece entender que el peso de la broma está en la propia música, aunque al público neoyorkino le parece todo de lo más gracioso. Claro que nada más se puede esperar de unos espectadores que son capaces de interrumpir con sus aplausos el primero de los maravillosos últimos acordes escritos por Strauss, destrozando de paso el mejor efecto ideado por la dirección escénica: el del mayordomo apagando al tiempo los últimos candelabros de la sala. Si una cosa así pasa en mi pueblo, el complejo de catetos nos duraría un año pero, claro, estamos en la capital del mundo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Ópera: Macbeth en el Euskalduna

Hacía ya bastante tiempo que ninguno de nosotros acudía a una función de primera línea. Quien más, quien menos, recordaba veladas gloriosas en el Liceo, el Real o el propio Teatro Albia. Por fin habíamos conseguido encajar todas las piezas de nuestra vida familiar y laboral para juntarnos y realizar la tantas veces aplazada excursión a Bilbao. El precio era desorbitado, la localidad estaba allá en las alturas, pero estábamos convencidos de que había valido la pena cuando empezaron a sonar las primeras notas del genio de Busseto. Y sin embargo...


¿Es posible un Macbeth sin sangre? El director escénico así lo afirma en las entrevistas, pero a veces no conviene tomarse las cosas tan al pie de la letra. Desde los primeros compases, el espectador siente que algo no funciona. Donato Renzetti interpreta la partitura sin pulso, las frases se suceden cansinamente, sin ligar, a veces deletreadas, como si se pretendiera evitar dificultades a un grupo de estudiantes de canto; las dinámicas se ignoran hasta el punto de que el esperado clímax verdiano de cada acto se convierte en una rúbrica de compases rutinarios, propios de la más vulgar composición belcantista. ¿Responsabilidad de un director poco inspirado o rutinario enfoque por desconfianza hacia la orquesta o falta de ensayos?  ¡Quién sabe! Lo que está claro es que con esta base sonora, la función solo puede salvarse gracias a un elenco extraordinario, y el de esta producción no lo es.
Violeta Urmana tiene una de las grandes voces del actual panorama lírico, pero los que saben podrán explicar lo que nuestros profanos oídos escucharon: un instrumento muy diferente al que conocíamos, con un centro timbradísimo, más seguro por arriba que en el pasado, pero claramente estrechado, como sometido a una brutal cura de adelgazamiento. Esto no habría sido la causa de la decepción general que causó si no nos hubiera obsequiado una Lady tan contenida y reservona, con todas las notas en su sitio pero incapaz de transmitir ninguna emoción –o sin ganas de hacerlo, tanto da. Junto a ella, un Stoyanov con oficio, con mal oficio en muchos momentos, que estuvo a la altura e incluso por encima de la estrella aun sin tener los medios de ella, pero que, salvo que alguien con mejor oído me corrija, trata de hacer pasar un timbre forzadamente oscurecido por la densidad propia del buen barítono verdiano. Con la pareja protagonista en esta disposición, el mal es ya irreversible. Prestia hace un Banco digno y –hay que fastidiarse- la mayor ovación de la velada se la lleva un tenor de medios justos, con pasaje más que problemático, pero que es capaz de despertarnos del sopor y hacernos creer que realmente acaban de asesinar a sus hijos.

¿Errores de bulto? Ninguno, salvo los desajustes de la orquesta, que en algún punto fueron bastante graves –en especial en las partes corales-. Nada que irrite especialmente, ni siquiera la labor del director escénico, Francisco Negrín, al que se le abucheó de forma tan rutinaria como se aplaudió al resto. Un par de interesantes ideas de partida: el único escenario que funciona como alegoría de gran escombrera de las pasiones, pero que hace incomprensibles momentos como el del banquete, o la presencia de las brujas shakespearianas como tejedoras del destino de los personajes (no entro en detalles, aunque supongo que tampoco destriparía nada). Relativa fidelidad al libreto, aunque ninguna de las decisiones de puesta en escena que van más allá de lo escrito tienen fácil justificación –el sentido de la escena de la carta o del asesinato de Banco queda, a mi juicio, muy comprometido-. A pesar de su declaración de intenciones,  el señor Negrín no se resiste a llenar el escenario de cadáveres y a rematar con una morbosa recreación del final de un tristemente célebre personaje de la historia de Italia. La disposición y movimiento de los personajes, como es tan habitual, no dicen nada –al menos a la mayoría de los espectadores, quizás sea cuestión de perspicacia-. En resumen, en este apartado casi se habría echado de menos un buen escándalo que nos sacara del tedio.


La discusión forera, aquí.