viernes, 6 de mayo de 2011

Ópera: Capriccio en el MET


La penúltima retransmisión de la temporada del MET en cines nos acercó a una obra, si no desconocida, al menos fuera del repertorio más trillado: Capriccio, estrenada por Richard Strauss en 1941.

El libretto es, sin duda, original, aunque no tanto en la trayectoria del compositor bávaro. Una metahistoria que tiene como excusa argumental la celebración del cumpleaños de una condesa a cuyo mecenazgo se acogen diferentes personajes relacionados con el mundo de la ópera, que debaten sobre el mejor modo de agasajarla y, en el caso de dos de ellos, de llevársela de paso al huerto. La anécdota sostiene, de entrada, un ensayo sobre la importancia de los diferentes aspectos implicados en la creación operística -fundamentalmente la música y la palabra-, pero acaba ampliándose hasta reflexionar sobra la propia historia de la ópera.

He escrito ensayo, pero en realidad Capriccio es más bien un apunte de las memorias de Richard Strauss, memorias del desconcierto en lo que sería su última producción para la escena, en un momento en que el otrora Gran Mogol de la música alemana se encontraba sumido en las dudas existenciales y creativas. Basada en una pieza dieciochesca adaptada por Clemens Krauss, la obra sirve de vehículo para que Strauss -a través del personaje de Madeleine- acabe admitiendo que la mejor manera de enfrentarse a las contradictorias solicitaciones a las que estaba sometido en esas fechas tan críticas es, precisamente, darles cauce musical: una notable lección de honestidad de un artista al que tan injustamente se ha tachado de deshonesto.



La función del MET está pensada a la mayor gloria de la superstar Renée Fleming, excelente soprano muy segura en repertorio straussiano (su versión del número final de esta misma obra fue el plato fuerte de la gala inaugural de la temporada 2008-2009 del Metropolitan), pero que últimamente, como es cada día más frecuente, se había empeñado en incursiones muy poco apropiadas para sus cualidades físicas y técnicas. De la Fleming se pueden criticar muchas cosas, sobre todo su empalagosa presencia escénica -que, por ejemplo, lastra la maravillosa introducción instrumental del número antes mencionado-, pero difícilmente se puede ser reticente ante su actuación vocal como Madeleine. La norteamericana entiende bien el carácter conversacional de la mayor parte de la pieza, cantando con expresividad pero sin subrayados, siempre a flor de labio, lejos del carácter forzado y a veces histriónico de alguno de sus compañeros. Y, cuando se queda a solas, cuando realmente debe dejar salir su yo más íntimo, lo hace con un despliegue de recursos apabullante, pleno de lirismo pero con fuerza y sin amaneramientos, en ese difícil equilibrio que hace tan complicado el papel para una soprano puramente lírica. El recuerdo de la gran Elisabeth Schwarzkopf, insuperable en este tipo vocalidad, acude inevitablemente a la mente.




Los demás miembros del elenco quedan en un discreto segundo plano y ninguno de ellos comete desmanes, aunque la voz del barítono danés Morten Frank Larsen suene endemoniadamente entubada en muchos momentos y la delgadez de la del tenor Joseph Kaiser (el Tamino de La flauta de Branagh) amenace con romperse en las partes más comprometidas. Peter Rose, aun con trazo grueso y algún recurso no muy ortodoxo, resulta brillante en su ambiguo papel como el empresario La Roche. De los dos pretendientes de la condesa, en fin, Kaiser llega a ser seductoramente efusivo como el compositor Flamand, a pesar de las dificultades antes mencionadas, mientras que la afectada sobreactuación de Russel Braun, el poeta Olivier, lastra una voz bastante solvente. La mezzo Sarah Connelly cumple el expediente.

Andrew Davis es un solvente director que conduce con buen pulso la orquesta del Metropolitan, habitualmente cumplidora con la música de Strauss, incluso bajo la batuta del tantas veces criticado Levine. Otra cosa es que Davis llegue a transmitir toda la intensidad de la partitura en la ya comentada escena final, o que evite cierta sensación de confusión en el complicadísimo concertante que sigue al aria de La Roche. La escucha de la versión de Karl Böhm al frente de la Orquesta de la Radiodifusión Bávara.

Por último, hay que hablar de la puesta en escena de John Cox, bastante conservadora, como es habitual en el teatro neoyorkino, pero más irritante para quien esto escribe que cualquiera de esas propuestas que al menos tienen la virtud de encender ánimos. Con unos decorados y unos vestuarios que parecen diseñados para -e incluso por- la glamourosa Fleming, la propuesta de Cox traslada la acción de época, para variar, y lo hace a los años veinte: convierte así en incomprensible la mayor parte de las alusiones musicales y culturales de la obra, que tienen sentido en el París de 1770 , bajo los efectos de los cambios introducidos en la producción lírica por Gluck. Naturalmente, los responsables de la función no tienen valor para llevar los hechos a la época de la Segunda Guerra Mundial, que sería lo procedente en caso de  querer poner la obra en el contexto en que fue escrita, como he leído en algún lado. Para más inri, Cox parece muy preocupado por subrayar los aspectos más caricaturescos de la ópera, como las escenas de ballet o la intervención del dúo de músicos italianos: no parece entender que el peso de la broma está en la propia música, aunque al público neoyorkino le parece todo de lo más gracioso. Claro que nada más se puede esperar de unos espectadores que son capaces de interrumpir con sus aplausos el primero de los maravillosos últimos acordes escritos por Strauss, destrozando de paso el mejor efecto ideado por la dirección escénica: el del mayordomo apagando al tiempo los últimos candelabros de la sala. Si una cosa así pasa en mi pueblo, el complejo de catetos nos duraría un año pero, claro, estamos en la capital del mundo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Ópera: Macbeth en el Euskalduna

Hacía ya bastante tiempo que ninguno de nosotros acudía a una función de primera línea. Quien más, quien menos, recordaba veladas gloriosas en el Liceo, el Real o el propio Teatro Albia. Por fin habíamos conseguido encajar todas las piezas de nuestra vida familiar y laboral para juntarnos y realizar la tantas veces aplazada excursión a Bilbao. El precio era desorbitado, la localidad estaba allá en las alturas, pero estábamos convencidos de que había valido la pena cuando empezaron a sonar las primeras notas del genio de Busseto. Y sin embargo...


¿Es posible un Macbeth sin sangre? El director escénico así lo afirma en las entrevistas, pero a veces no conviene tomarse las cosas tan al pie de la letra. Desde los primeros compases, el espectador siente que algo no funciona. Donato Renzetti interpreta la partitura sin pulso, las frases se suceden cansinamente, sin ligar, a veces deletreadas, como si se pretendiera evitar dificultades a un grupo de estudiantes de canto; las dinámicas se ignoran hasta el punto de que el esperado clímax verdiano de cada acto se convierte en una rúbrica de compases rutinarios, propios de la más vulgar composición belcantista. ¿Responsabilidad de un director poco inspirado o rutinario enfoque por desconfianza hacia la orquesta o falta de ensayos?  ¡Quién sabe! Lo que está claro es que con esta base sonora, la función solo puede salvarse gracias a un elenco extraordinario, y el de esta producción no lo es.
Violeta Urmana tiene una de las grandes voces del actual panorama lírico, pero los que saben podrán explicar lo que nuestros profanos oídos escucharon: un instrumento muy diferente al que conocíamos, con un centro timbradísimo, más seguro por arriba que en el pasado, pero claramente estrechado, como sometido a una brutal cura de adelgazamiento. Esto no habría sido la causa de la decepción general que causó si no nos hubiera obsequiado una Lady tan contenida y reservona, con todas las notas en su sitio pero incapaz de transmitir ninguna emoción –o sin ganas de hacerlo, tanto da. Junto a ella, un Stoyanov con oficio, con mal oficio en muchos momentos, que estuvo a la altura e incluso por encima de la estrella aun sin tener los medios de ella, pero que, salvo que alguien con mejor oído me corrija, trata de hacer pasar un timbre forzadamente oscurecido por la densidad propia del buen barítono verdiano. Con la pareja protagonista en esta disposición, el mal es ya irreversible. Prestia hace un Banco digno y –hay que fastidiarse- la mayor ovación de la velada se la lleva un tenor de medios justos, con pasaje más que problemático, pero que es capaz de despertarnos del sopor y hacernos creer que realmente acaban de asesinar a sus hijos.

¿Errores de bulto? Ninguno, salvo los desajustes de la orquesta, que en algún punto fueron bastante graves –en especial en las partes corales-. Nada que irrite especialmente, ni siquiera la labor del director escénico, Francisco Negrín, al que se le abucheó de forma tan rutinaria como se aplaudió al resto. Un par de interesantes ideas de partida: el único escenario que funciona como alegoría de gran escombrera de las pasiones, pero que hace incomprensibles momentos como el del banquete, o la presencia de las brujas shakespearianas como tejedoras del destino de los personajes (no entro en detalles, aunque supongo que tampoco destriparía nada). Relativa fidelidad al libreto, aunque ninguna de las decisiones de puesta en escena que van más allá de lo escrito tienen fácil justificación –el sentido de la escena de la carta o del asesinato de Banco queda, a mi juicio, muy comprometido-. A pesar de su declaración de intenciones,  el señor Negrín no se resiste a llenar el escenario de cadáveres y a rematar con una morbosa recreación del final de un tristemente célebre personaje de la historia de Italia. La disposición y movimiento de los personajes, como es tan habitual, no dicen nada –al menos a la mayoría de los espectadores, quizás sea cuestión de perspicacia-. En resumen, en este apartado casi se habría echado de menos un buen escándalo que nos sacara del tedio.


La discusión forera, aquí.

martes, 15 de febrero de 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

Catalonia is not Spain / Aragón?

Estos días andan circulando por la red un par de archivos que re-vuelven sobre el asunto de las raíces históricas de Cataluña. Como su difusión ha coincidido con la visita del nuevo presidente de la Generalidad a La Moncloa y la enésima concesión del Gobierno de España a los catalanistas, el éxito estaba asegurado. 

El primer documento, con nula pretensión de rigor histórico, pero tomado como tal por algunos despistados, trata de las a menudo problemáticas relaciones entre Cataluña y Aragón:


El segundo es un mapa de la Europa del siglo XIII. O eso se supone:



Lo cierto es que están bien estas cosas para reirnos un poco de la "Confederación catalano-aragonesa" y otras estulticias de la historiografía catalanista, peeeero...

En honor a la verdad, habría que reconocer:

1) Que Cataluña solo perteneció al Reino de Aragón en el sentido de que sus territorios estuvieron bajo dominio de unos señores (en el sentido feudal) cuyo título principal era ser reyes de Aragón.

2) Que los reyes de Aragón se llamaron, efectivamente, Pere (II, III y IV) y Joan (I). Se trata de reyes de la casa de Barcelona, la titular del antiguo condado de Barcelona. Las excepciones serían Pedro I (de la casa Jimena de Navarra) y Juan II (de la muy castellana familia Trastamara). No hubo ni Pedros ni Juanes aragoneses.

Esto sobre la canción, que al fin y al cabo es una broma sin pretensiones históricas. Lo del mapa ya es más serio, por tratarse de un supuesto documento. Así que:

3) Si el mapa fuera efectivamente del siglo XIII sería un ejemplo de irredentismo, es decir, de reivindicación francesa de unos territorios que ya no pertenecían a la Corona de Francia. No lo eran de hecho desde hacía siglos: ya en el siglo X, los condados catalanes y el de Aragón (de origen similar, como parte de la Marca fronteriza del Reino capeto)  gozaban de una autonomía casi absoluta respecto a los reyes franceses. Desde 1137, dichos condados, enfeudados al de Barcelona, quedaron definitivamente unidos con (no en) el reino de Aragón por el matrimonio del conde Ramón Berenguer con la heredera aragonesa. Los reyes catalanes de la Corona de Aragón buscaron repetidamente zanjar toda sombra de duda sobre su independencia de los reyes de Francia y, de derecho, el asunto quedó formalmente resuelto poco después de la fecha atribuida al mapa, en el Tratado de Corbeil (1258), como mero reconocimiento de una situación ya existente.

4) Pero es que no me extrañaría que el propio mapa fuera una falsificación o al menos una reconstrucción muy posterior al siglo XIII. Los portulanos de la época son bastante diferentes, documentos geográficos sin ninguna información política; y, por cierto, no conozco ninguna escuela cartográfica francesa de esas fechas. De hecho, los mejores mapas de la Plena Edad Media -bastante menos precisos que éste- los empezaron a elaborara los cartógrafos mallorquines a finales de ese siglo.

Ahora bien, lo que me resulta fascinante es el éxito que el mapa en cuestión ha tenido en ciertos blogs y foros nacionalistas; del nacionalismo español, quiero decir. ¿Acaso la supuesta desvinculación entre Aragón y Cataluña en fecha tan tardía refuerza la españolidad de Cataluña? Localizar Cataluña, reza el ejercicio de agudeza visual redactado sin duda por algún agudo pelayo (la respuesta "correcta" al ejercicio es, por supuesto, la "d"). Pues, desde luego, cualquiera que se limite a ver la imagen escogería la opción "not in Spain"; la escogería si se presentara esa opción... y si España apareciera en el mapa.


domingo, 16 de enero de 2011

Hígados como elefantes

Con esta baturra expresión iniciamos lo que podría convertirse en una amena sección fija, a la vista de cómo está el patio. Invitaremos a ella a personajes que, en el debate público, se hayan distinguido por actitudes o expresiones de evidente facundia y desahogo, procurando que los políticos no acaparen el mercadillo. 

Hoy está con nosotros un ilustre filólogo y extravagante ciudadano que recientemente ha entrado en la polémica sobre la recién estrenada ley antítabaco: Francisco Rico, maestro al que admiro en lo suyo, ha lidiado contra los legisladores en un artículo plagado de descalificaciones soeces, falacias sobre los efectos de la droga y un despliegue de prepotencia y petulancia propio de un botarate. El artículo, publicado en El País, termina con una advertencia: no ha probado un pitillo en su vida.




P.S.: A efectos judiciales, la frase destacada en negrita más arriba ha sido redactada por mi personaje literario.

miércoles, 12 de enero de 2011

Promoción olímpica

En vista del dudoso futuro del proyecto madrileño, los supermaños del mundo ya trabajamos por un futuro olímpico en nuestros lares.

video

Noticias de la temporada de caza (al funcionario)

Sigue abierta la veda de esta especie considerada por muchos como invasiva. El conocido periodista Carlos Herrera, aficionado a este arte cinegético, sufrió hace unos días un pequeño percance al atacarle una de estas alimañas, noticia que ha circulado bastante por Internet estos últimos días. Aficionados como somos en este blog a darle la vuelta a las informaciones y buscar el lado bizarro de las cosas, reproducimos el punto de vista del bicho -la bicha, en este caso- que resulta que sabe escribir (y a eso se dedica, en lugar de estar trabajando para sacar al país de la crisis).